
Todo para ella era asombro. ¿En qué lugar del mundo estaba viviendo? Tenía ya más de medio siglo de existencia y nunca había visto algo como lo que presenciaba a su alrededor cada día. Estaba indignada. Es más, estaba harta. El mundo, sin duda, era cada vez peor.
Escuchó en el televisor una nueva noticia que chocaba, una vez más, con su manera de ver la sociedad. No podía más. Al menos, contaba con las redes sociales para compartir su indignación y encontrar a aquellos otros que correspondían a sus propias ideas. Era reconfortante saber que había personas que pensaban exactamente como ella creía que había que pensar. Esa gente sí que comprendía el mundo y no esos otros que se dejaban manipular. Idiotas.
A muchos kilómetros de allí, tecleando en un ordenador, preparaba el guion un chaval de unos quince años al que pagaba un desconocido por elaborar vídeos y montajes que contaran aquello que otro desconocido había encargado fabricar. Era un trabajo sencillo y muy divertido. Sabía que, probablemente, era moralmente incorrecto. Pero era un trabajo bien pagado y, por lo que veía en el mundo, acertado, directo y terriblemente eficaz.


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