
Se miró las manos. Las tenía repletas de pequeñas heridas y quemaduras. Le dolían mucho. Y aun así sabía que tendría que seguir excavando durante varias horas. La bicicleta estaba tirada a unos pocos metros y el sol todavía parecía ofrecer la luz suficiente como para seguir intentándolo.
No pensaba rendirse. Esos malnacidos le habían robado las herramientas y le habían golpeado con saña. Estaba magullado y agotado. Pero iba a continuar intentándolo. Caminó unos pasos monte arriba buscando un lugar concreto y se dejó caer sobre la hierba seca. Ayudándose de una rama abrió una herida en la tierra y empezó a excavar. Iba a conseguirlo. Tenía que hacerlo. Esa tarde podría ser su última oportunidad.
Horas después el sol terminó por ocultarse. Martín se dejó caer cuan largo era, totalmente exhausto. No sentía las manos y notaba el frío invernal golpeándole el rostro. No tenía linterna y la luna nueva impedía ver nada más allá de unos centímetros. Había vuelto a fallar. Suspiró y se dijo a sí mismo que solo había otros dos rincones en los que probar. Solo dos. Y un día menos. Se había jurado encontrar la fosa antes de que su abuela muriese sin saber dónde descansaban sus hermanas, asesinadas durante la guerra. No pensaba rendirse. Aún no. Seguro que al día siguiente podría llevar buenas noticias al hospital.


Deja un comentario