
Era noche cerrada cuando la puerta crujió con violencia. Emilio gritó y se levantó de un salto. Echó de menos las escopetas de caza que tenía en el pueblo. El frío del suelo provocó que temblara, aunque una voz interna le anunciaba que esos temblores se debían a algo más. Un tumulto se movía ruidosamente en la oscuridad en el piso de abajo y se acercaba con un estrépito creciente.
Su mujer se revolvió en la cama, asustada. Al mirarla fugazmente entre las sombras percibió algo extraño en su gesto. Sospechó que aquello era cosa suya. No era la primera vez que lo metía en problemas, pero hasta entonces todo se había reducido a momentos incómodos, encontronazos y pequeñas broncas con los vecinos. Amaba a su mujer, pero pensaban de maneras muy dispares. Quizás era eso lo que más le atraía de ella.
Estaba a punto de preguntar en qué lío los había metido en esa ocasión cuando, de una patada, un militar irrumpió en la estancia. Iba acompañado de al menos media docena de soldados. Emilio dedicó una última mirada a su mujer antes de ser arrastrado hacia la calle. Fue en ese momento cuando sintió todo el peso del peligro en los hombros. Estaban en guerra y cualquier asunto, por estúpido que pareciera, podía dar con sus huesos en una cuneta. “¿Qué has hecho?”, pensó. Sin encontrar respuesta, se dejó arrastrar hacia aquel umbral oscuro, presagio de una noche larga y pesada. Quizá la última de su vida.


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