Imagen de cabecera blog de Javier Fernández Jiménez

Sacrificio


Una niña camina hacia la guarida del dragón, sin saber lo que le espera más allá de la oscuridad de la grieta que se adentra en el cubil de la bestia.

¿Daría miedo enfrentarse a un dragón? Isthel lo desconocía. Quizás fuera aún muy pequeña para saberlo. A sus cinco años solo los había visto sobrevolando el castillo de tanto en tanto. Las alas abiertas y el cuello estirado, como si se tumbasen sobre las nubes. Había escuchado hablar de ellos en susurros y entre gestos de pavor. No entendía por qué todo el mundo se asustaba. A ella le encantaban los dragones.

Escuchó un gruñido sordo que no paraba de crecer. La tierra tembló bajo sus pies y supo que algo se acercaba, algo grande y poderoso. Había despertado descalza entre las piedras, en una enorme oquedad abierta en la montaña. Había visto a dos caballeros correr montaña arriba y subir unas escaleras a toda prisa. Pero no le había importado. Toda su atención estaba puesta en la gigantesca herida negra que partía el risco en dos y en el calor que brotaba de su interior. No supo por qué, pero algo le hizo pensar en los dragones.

Contempló fascinada la figura imponente del dragón que surgió de la oscuridad de la grieta. El leviatán observó a la pequeña durante unos segundos. De sus ollares brotaron humo y cenizas. Parecía muy molesto. La bestia rugió y la propia montaña tembló de puro terror. La única que no lo hizo fue Isthel. El viejo dragón blanco se tumbó junto a ella y se dejó acariciar durante horas. Esa misma noche, mientras la niña dormía, el fuego acabó con la ciudad y con los hombres que habían decidido entregarla en sacrificio.


Este texto se publicó el 27 de agosto de 2020, lo recojo hoy y lo añado a este archivo de historias y recuerdos que es Mi Cuaderno.

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