Imagen de cabecera blog de Javier Fernández Jiménez

La muerte del General


El general ha muerto, pero el dolor no ha desaparecido. Envuelto en una niebla impenetrable, escucha un murmullo que parece llamarlo.

Después de morir, el general sintió un dolor agudo en el pecho. No lo entendía. Era imposible sufrir dolor en la muerte. O eso era lo que pensaba. Escuchó un murmullo lejano y miró a su alrededor. Le extrañó verse envuelto en una niebla tan espesa que apenas le permitía ver más allá de unos centímetros. Un nudo de nervios empezó a atenazarle el estómago. El dolor era cada vez más intenso.

El murmullo creció en intensidad. Sintió una urgencia desconocida, un impulso terrible de caminar hacia aquel sonido que parecía reclamarlo. Tanteando el terreno con los pies, el general avanzó en aquella dirección. Apenas entendía nada en aquella amalgama de gritos, gemidos y llantos que se hacían cada vez más evidentes. Entre todo aquel clamor le llegaron retazos de frases y palabras que sí pudo entender. Súplicas, insultos, órdenes… Se asustó. Intentó volver atrás, pero algo le impidió detener su paso. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba?

De pronto la niebla se disipó por completo. Pudo ver a su alrededor millares de personas harapientas y extremadamente delgadas. Un olor nauseabundo le provocó arcadas. Un pánico absoluto se apoderó de todos sus sentidos. ¡Quería volver atrás! ¡Correr! ¡Huir! De entre la multitud apareció una figura menuda que se acercó a él con una sonrisa inocente. Era una niña. Una niña muerta. Tenía la carne desgarrada y el vestido hecho jirones, pero el general la reconoció al instante. El recuerdo lo golpeó con violencia. Quiso gritar, aterrorizado, pero de su garganta no brotó sonido alguno. La gélida mano de la pequeña tomó la suya y lo arrastró hacia la multitud. El murmullo era ahora una tormenta de gemidos y gritos que no acabarían jamás. El general comprendió entonces, con el dolor incrustado en el pecho, que estaba en el Infierno.


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