
La escritora, un buen día, dejó de escribir y de publicar libros. Tampoco se sentaba a idear personajes, tramas o conflictos. Dejó de pensar en posibles hilos de los que tirar durante horas y horas. Sus paseos ya no estaban llenos de ideas que llevar al papel ni de escenas correteando por su cerebro. Fue casi de repente, de un día para otro y muchos de sus lectores se preguntaron los porqués de aquella situación.
En realidad, que hubiera dejado de escribir libros no significaba que hubiera renunciado a su imaginación. Había encontrado algo nuevo y diferente donde volcar su creatividad. Allí podía imaginar, crear y recibir respuestas casi al mismo tiempo. Escribir relatos, poemas o novelas era un camino largo y tedioso. Publicar un calvario que estaba cansada de sufrir. Y sin embargo, quería seguir creando y, sobre todo, leer y escuchar qué opinaban los demás de lo que creaba. Esa era una satisfacción inmediata que la empujaba a diario a seguir ideando nuevas historias que contar.
Todos los días, nada más levantarse, dedicaba un par de horas a responder mensajes más o menos cordiales, a bloquear a personas que la ofendían y a vilipendiar a quienes ella decidía odiar. El resto de la mañana lo dedicaba a idear nuevas ocurrencias que verter en aquellos rincones que habían suplantado, probablemente para siempre, sus libretas y cuadernos olvidados. Era mucho más divertido y directo idear, insultar e imaginar durante unos minutos en las redes sociales que pasarse meses escribiendo textos para que nadie terminara leyéndolos.


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