
Decidió salir de aquel encierro. Llevaba allí más de media vida. Apenas recordaba su existencia anterior, cuando recorría el mundo sin descanso. Ahora, cansado y enfermizo, apenas dejaba que el sol tocara su piel. Llevaba meses sin hablar con nadie. Ni siquiera con los pocos repartidores que llegaban a su puerta con todo aquello que no podía conseguir por sí mismo.
Le costó dar los primeros pasos. Alejarse de su casa era doloroso. Pero se armó de valor. No se detuvo. Caminó durante varios minutos, sin descanso. Agradeció sentir el sol calentándole el cuerpo. Y no pudo evitar una sonrisa. Había olvidado aquella sensación. El cansancio remitía con cada metro avanzado. El sudor parecía arrastrar el malestar que lo acosaba desde hacía años. Los recuerdos volvieron. Algo se había quebrado en la coraza que cargaba. ¡Qué bien sentaba dejarse llevar!
Se volvió para echar un último vistazo a la casa que lo había acogido durante tanto tiempo. No había sido un mal lugar en el que vivir. Sin embargo, el cielo azul era un techo muchísimo mejor. De eso estaba seguro. Se estremeció al cruzarse con las primeras personas. Tenía mucho miedo de que lo descubrieran. ¿Y si aún lo estaban buscando? ¿Y si volvían a encerrarlo? Tuvo el impulso de volver sobre sus pasos, pero se obligó a continuar alejándose. Ya no tenía miedo. Ni siquiera al ver los tanques volvió a imaginarse en la oscuridad. Ya no. Ninguna dictadura volvería a obligarle a abandonar su libertad.


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