
Despertó sobresaltado, sudando, con un gemido de angustia. La pesadilla aún revoloteaba en su cabeza, desvaneciéndose poco a poco. Le pesaba el pecho. Aquel sueño había sido terrible, doloroso, tan vívido… Le dolían las manos y los dientes de tanto como los había apretado. Miró el reloj de la mesilla: eran las tres de la madrugada. Recordó otra noche terrible y oscura, a esa misma hora.
No se veía nada en la negrura y tuvo que hacer un esfuerzo para recordar que estaba en casa, en su mullido y enorme colchón, en aquel hogar que había edificado con los años. Su mujer respiraba tranquila, a su lado. Se obligó a sonreír y se levantó. Se dirigió hacia la cocina, a por un vaso de agua. No se escuchaba nada. No había ni gritos ni súplicas, ni llantos ni lamentos, ni ladridos ni disparos. No había sangre. Era extraño encontrarse en un lugar tan apacible tanto tiempo después. Aún sentía el poso del sueño en el corazón, el susurro hiriente del recuerdo.
Presintió que alguien le miraba. Se giró en el pasillo y no vio a nadie, aunque la sensación no remitió. Llegó a la nevera y, al abrirla, lo invadió un insoportable olor a sangre y a podredumbre, a sudor, miedo y cenizas. Se apartó con un grito y lo vio, en mitad de la cocina, un niño. El pequeño no hizo nada- Se limitó a mirar al general con sus cuencas vacías, con la boca abierta en un chillido silencioso, con la piel gris y pustulosa. Aquella imagen fue el desencadenante. El general tomó su pistola de oficial y salió a la calle. El niño desapareció cuando el disparo resonó en el exterior. La pistola cayó al suelo con el cañón todavía humeante y manchado de sangre.


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