
El gran salón estaba en silencio. El rey miró los huecos vacíos de todos aquellos que se habían marchado cuando iba a comenzar a hablar. Su primera intención fue gritar a la guardia real que los detuviera a la fuerza, pero no podía encarcelar y ajusticiar a tantos nobles. Ni siquiera él tenía poder para hacer algo así. Apenas una docena de lacayos, los más leales o los más cobardes, permanecieron sentados ante el púlpito.
Tartamudeó ligeramente antes de que su discurso adquiriera la potencia de siempre. Poco a poco se sintió más cómodo con su arenga. Sintió una energía interior que no paraba de crecer. Habló de la necesidad de cobrarse vidas en batalla, del honor de la guerra, de la furia bélica que otorgaba nuevos territorios y riquezas al país. Pronto se dejó arrastrar por la corriente de sus propias palabras. Estaba eufórico, imparable, desmedido.
Y entonces descubrió a la niña. Estaba sentada en primera fila. Una niña pequeña y cadavérica, con el cráneo quebrado y las cuencas de los ojos vaciadas. La carne putrefacta y la sangre emponzoñaban un vestido que en algún momento había sido blanco. No era la única. Pronto, aquel hemiciclo estuvo repleto de centenares de niños muertos. El rey perdió la voz, se ahogaba. Todos los presentes vieron cómo se orinaba encima y gritaba de terror antes de perder la cordura.


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