Imagen de cabecera blog de Javier Fernández Jiménez

La hora de la verdad


Un hombre se mira las manos, intentando decidirse.

El indeciso se miró las manos y, por un momento, las sintió como un arma poderosa. Tenía la voluntad de cambiar aquello que no le gustaba. Sentía la obligación de hacerlo. Caminaba despacio, reflexionando. Se le hacía muy difícil decidir entre el mal menor. Sabía que, hiciera lo que hiciese, acabaría decepcionado.

Al doblar la esquina se encontró frente a su destino. No se extrañó demasiado al ver que apenas había nadie más. Siempre elegía aquella hora y siempre estaba solo en la entrada. O casi. Se cruzó con una señora que, tras mirarle a los ojos un par de segundos, bajó la mirada avergonzada. Ya lo había hecho, pensó. Ya había perpetrado su propio crimen, fruto de la tradición. El indeciso aminoró el paso. Aún no sabía lo que iba a decidir. Esta vez era peor que nunca.

Al llegar a la Urna, el indeciso seguía sin decidirse. Tenía varios sobres en el bolsillo. Cada uno contenía una opción distinta y esperaba que algún pálpito le indicara cuál debía depositar. Miró a las personas que custodiaban el símbolo último de la Democracia. Sonrió nervioso, enseñó el DNI y palpó todos los sobres mientras trataba de decidirse. Sudaba y la cabeza empezó a dolerle. Sintió que la garganta se le resecaba y las manos no dejaban de temblar. No pudo hacerlo. Antes de votar, se dio la vuelta y salió corriendo con todas sus fuerzas. Fue la primera vez en su vida que sintió que había acertado con su elección.

Este texto habla en el plano de la ficción. A la hora de ir a votar… siempre he pensado que es mejor meter un voto en la urna que no hacerlo, pero… es elección de cada votante. Suerte en tu propia decisión.

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