Imagen de cabecera blog de Javier Fernández Jiménez

Tres maneras de llevar una espada


Londar intenta avanzar llevando la espada de su antiguo señor.

No sabía dónde llevar la espada. Su señor nunca se lo había enseñado. Lo maldijo en voz baja: aquel viejo huraño le había mostrado más veces las palmas de las manos y los puños que el modo de convertirse en caballero. Volvió a tropezar con el arma y decidió que no la llevaría nunca en la cintura.

Sir Gadeon —que Mirh se lo llevase a los Diez Infiernos— solía llevarla anclada a la silla de su montura. Pero el caballo había muerto también, gracias a la torpeza y a la idiotez de su jinete. Londar pensó que la espalda podía ser un buen lugar donde portar una espada. Luego recordó aquella vieja historia sobre un muchacho que se había rebanado el cuello al desenvainar demasiado deprisa.

Caminaba pensando en estos asuntos tan mundanos de los que nunca hablaba nadie cuando descubrió, a pocos metros de él, a una criatura humanoide de unos dos metros de altura y cierta corpulencia. El goblin se relamía. Londar levantó la espada. Pesaba demasiado para él. Miró la daga que llevaba en la cintura y sonrió. Arrojó a un lado el arma de su antiguo amo con un reniego de desprecio. Y, con la daga en la siniestra, corrió hacia el enemigo. Esa bestia pronto se arrepentiría de haberse cruzado en su camino.

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